Embarazo, la placenta

La placenta es un órgano que se forma durante el embarazo, dentro del útero, para actuar como puente de unión entre el organismo materno y el del futuro bebé. Es en la placenta donde, sin entrar nunca directamente en contacto, la sangre del hijo intercambia múltiples sustancias con la sangre de la madre, de la que el nuevo ser en pleno desarrollo obtiene el oxígeno y los nutrientes que necesita y a la que traspasa sus residuos metabólicos para que posteriormente sean eliminados por los pulmones y riñones maternos.

Desarrollo de la placenta

La placenta deriva de las células que constituyen el trofoblasto, la envoltura del huevo que se implanta en el útero una semana después de la fecundación. Dicha envoltura se diferencia en dos capas, una delas cuales rodea por completo al huevo y pasa a llamarse corion, mientras que la otra penetra en el endometrio hasta alcanzar los vasos sanguíneos presentes en la pared uterina y los perfora.

Se forman así unas lagunas de sangre materna, en cuyo interior el trofoblasto emite unas prolongaciones frondosas conocidas como vellosidades coriales y dentro de las cuales se forman unos diminutos vasos sanguíneos que contienen sangre del embrión.

La parte del endometrio donde ocurre tal proceso y que pasa a constituir la placenta recibe el nombre de caduca. El embrión queda unido a la incipiente placenta sólo a través de un pedúnculo, que se convierte en el cordón umbilical.

Con el paso del tiempo, los diminutos vasos contenidos en las vellosidades placentarias confluyen en otros más grandes: la arteria umbilical, por la que llega la sangre procedente del embrión hasta la placenta, y las dos venas umbilicales, que llevan la sangre en sentido contrario. Queda establecido así el puente que brinda al embrión el oxígeno y los nutrientes que necesita y elimina los desechos de su metabolismo. Pero en ningún momento de este complejo proceso se mezcla la sangre de la madre con la de su hijo, pues la placenta actúa como una pared porosa que no todas las sustancias pueden atravesar. La placenta y el embrión trabajan en coordinación, cosa que no ha de extrañar pues los dos proceden de la misma célula.

La placenta al final del tercer mes

La placenta, ya completamente desarrollada, adopta una característica forma de disco y ocupa alrededor de la cuarta parte de la superficie interna del útero, llegando a pesar seis veces más que el feto.

Posteriormente su crecimiento es paralelo al del útero durante todo el embarazo, al final del cual tiene el aspecto de una tarta esponjosa de 20 centímetros de diámetro, un grosor de tres centímetros y alrededor de medio kilogramo de peso.

Funciones de la placenta

La placenta cumple diversas funciones indispensables para el crecimiento del futuro bebé y el mantenimiento del embarazo. A través de ésta, el hijo obtiene de la sangre de la madre el oxígeno y los nutrientes que necesita para su actividad metabólica y la formación de sus tejidos: todas sus estructuras corporales se desarrollan a partir de los elementos básicos proporcionadas por la madre. A la par, el hijo puede deshacerse de los residuos de su metabolismo, cuya acumulación sería tóxica y que el organismo de la madre se encarga de eliminar.

Así pues, la placenta sirve al feto de pulmón, de aparato digestivo y de riñón. Pero, además, la placenta tiene una función endocrina fundamental, dado que actúa como una auténtica glándula de secreción interna que produce diversas hormonas. Desde el inicio de su formación, las células del trofoblasto, al contacto con las de la mucosa del endometrio uterino, elaboran una hormona, la gonadotropina coriónica o HGC, que pasa a la sangre materna y actúa sobre el cuerpo amarillo del ovario estimulándolo para que siga secretando las hormonas femeninas responsables de la proliferación del endometrio, a fin de que éste no se descame y  tenga lugar la menstruación.

A partir del cuarto mes, la placenta releva al ovario y secreta hormonas femeninas, estrógenos y progesterona, necesarias para la buena marcha del embarazo y el correcto desarrollo del bebé.

La barrera placentaria

En la placenta se producen múltiples intercambios de sustancias entre la sangre del hijo y la de la madre. Pero no todas las sustancias pueden atravesar las finas paredes de las vellosidades coriales. Así pues, la placenta cumple un papel de filtro que impide el acceso de múltiples elementos potencialmente peligrosos procedentes del organismo de la madre al del bebé, aunque no el de todos. Por ejemplo, los virus, de  minúsculas dimensiones, suelen atravesar la placenta sin dificultad, mientras que numerosas bacterias tienen negado su acceso.

Del mismo modo, muchos medicamentos pueden eludir el filtro y sólo algunos pueden ser administrados a la madre sin peligro de que lleguen hasta el bebé.

Circulación fetal

La circulación sanguínea del feto presenta características muy diferentes a la que tendrá la del bebé poco después de nacer. El feto no respira ni come y, por lo tanto, tiene que obtener el oxígeno y los nutrientes que necesita de la sangre de la madre a través de la placenta y el cordón umbilical. Por ello cuenta con unos vasos sanguíneos especiales que se atrofian tras el parto e incluso su corazón cuenta con unos orificios temporales que permiten el paso de la sangre de una cámara cardíaca a otra eludiendo los pulmones, inundados de líquido amniótico. El circuito de la circulación fetal es muy especial. La sangre procedente de la placenta llega al feto a través de las venas umbilicales y accede a la vena cava, que la conduce al corazón; de allí pasa a la aorta, que la distribuye por todo el organismo y, cuando ya está cargada de desechos, la aboca a la arteria umbilical para que llegue a la placenta y el ciclo se reinicie. 

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