De Egüés al Yasuni, el lugar con más biodiversidad de la tierra

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Fernando Gomez formando a los nativos Kichwa

El rastreador profesional segoviano afincado en Egüés, Fernando Gómez, ha vuelto de un viaje junto a su mujer Paloma Troya en el que han realizado una intensa prospección en el Chocó, los Andes y la Amazonía Ecuatoriana

No es la primera vez que Fernando Gómez, segoviano afincado en Egüés, nos sorprende con un viaje de exploración propio de un documental. El rastreador profesional acaba de regresar a Navarra tras una intensa prospección que le ha llevado a rastrear en el Chocó, los Andes y la Amazonía Ecuatoriana.
El objetivo: la puesta en marcha de un proyecto que por una parte pretende ayudar a concienciar a quienes vivimos a miles de kilómetros, de la necesidad de mantener estas joyas de biodiversidad. Pero no sólo por su inigualable flora y fauna, sino por la cultura ancestral que albergan, aquella de los indígenas que habitan esos territorios únicos. Un legado que no debemos permitir que se pierda, y menos por culpa de las necesidades de quienes vivimos en una sociedad marcada por la desconexión con la naturaleza y el consumismo. El otro gran objetivo es ayudar a una de las etnias que allí viven, los Kichwa.

En este viaje no ha estado sólo, acompañado de su mujer Paloma Troya también rastreadora, ambos han contado con la inestimable ayuda de diferentes guías locales y nativos.

No habían pasado ni 48 horas de la presentación de su último libro, «Huellas y Rastros al abrigo del Parque Natural de Urbasa y Andía”, cuando embarcaron hacia Ecuador. Allí comenzaron su odisea desde el oeste del país rastreando tanto de día como de noche el bosque nublado del Chocó Andino, Reserva de la Biosfera desde 2018, para continuar con el altiplano andino donde localizaron rastros de lobo andino, oso de anteojos e incluso puma, para terminar escudriñando diferentes rincones de otra Reserva de la Biosfera, el Yasuní, en la cuenca alta del Amazonas, lugar catalogado como una de las zonas con más diversidad por metro cuadrado del planeta, etiquetado por algunos como “el último paraíso del planeta”.

En total han caminado a pie más de 150 kilómetros por lugares por los que en muchas ocasiones costaba dar más de 3 pasos seguidos y en los que hay que estar con todos los sentidos alerta. Han conseguido localizar especies espectaculares, como el águila harpía, al ave más poderosa de La Tierra, escuchar cientos de sonidos y capturar miles de imágenes, pero en esta ocasión el objetivo no era únicamente buscar fauna, seguirla y fotografiar sus rastros para publicar libros, sino seguir los pasos del lado más sagrado del rastreo, el humano.

“El conocimiento que las comunidades indígenas tienen de su medio, incluido el ancestral arte del rastreo, se está perdiendo y eso es otra catástrofe más. Estamos perdiendo la sabiduría que ha permitido sobrevivir al ser humano en zonas tan bellas y tan hostiles al mismo tiempo, como es la selva amazónica”, afirma Troya. “Un legado inmaterial que se esfuma silenciosamente, por lo que no estremece a casi nadie, o al menos no como lo haría el derrumbe de las pirámides de Egipto o de la Gran Muralla China, legados también históricos y culturales”.

Tras su experiencia el año anterior en Perú, Gómez resalta cada vez más la importancia de centrarse en rastrear los orígenes del propio rastreo tanto como a la fauna, ya que es la forma de comprender parte de nuestra evolución como especie desde un prisma completo y de entender la relación tan armoniosa que hemos tenido ancestralmente con la naturaleza y que sin embargo estamos perdiendo a pasos agigantados.

El cultivo de palmera africana para la obtención de aceite de palma, la explotación de petróleo y la tala de árboles están en aumento y no parecen tener freno. A este ritmo ya hay investigadores que afirman que para el 2050 ya habremos perdido una cuarta parte del pulmón del mundo.

El proyecto que han arrancado, pionero en Sudamérica y bautizado como Wildlife Tracking Training Experience –WTTE- nace de la colaboración entre el Servicio de Rastreo Forestal (SERAFO) y una agencia de viajes ecuatoriana, Puembo Birding Garden, dirigida por Mercedes Elizabeth, pionera en Ecuador en turismo ornitológico. El elemento que hace diferente a este proyecto es precisamente el conocimiento de los rastros y las especies que pueblan la selva. Rastrear, localizar, observar e interpretar son los conceptos básicos para recopilar información del entorno, en este caso no para cazar, pescar, recoger frutos y evitar ser mordido por fauna letal, sino como medio de transmisión de conocimiento y valores, y por supuesto de disfrute y conexión con el medio. Durante estos días Fernando y Paloma han aprovechado para aprender, pero también para cooperar con los nativos formándolos en diferentes técnicas de trabajo con el fin de mejorar su efectividad en el rastreo y en el guiado de personas, lo que les aporte más opciones de supervivencia a través del ecoturismo.

La idea consiste en dar la posibilidad a personas de nuestras latitudes de visitar zonas como esta, pero no como turistas normales, sino como protagonistas de una experiencia única en la vida, rastreando fauna que incluye desde roedores gigantes y jaguares a esquivas aves poco observadas por naturalistas, pasando por la localización de múltiples anfibios e insectos tropicales, atravesando zonas inundadas, aprendiendo técnicas de comunicación con caimanes, o sintiéndose como en “Avatar” observando la inmensidad de la selva desde la copa de uno de los árboles más grandes de la tierra, el ceibo. Todo ello junto a Fernando Gómez, reconocido rastreador profesional más varios rastreadores de la etnia Kichwa de la Amazonía. Una experiencia única en la vida, que permite al participante sentirse como si estuviera inmerso en un documental.

Pero la experiencia no se queda sólo en rastrear solo fauna, sino que el proyecto engloba conocer de primera mano también la sabiduría de las mujeres Kichwa. Duras, sabias, intrépidas y acogedoras estas mujeres poseen un grandísimo conocimiento de las plantas que les rodean, muchas de ellas medicinales, y otras muchas empleadas para la realización de artesanía, incluyendo unas cuantas con propiedades tintóreas. Junto a ellas se podrá aprender a extraer tintes naturales que luego darán color y vida a huellas de especies de la zona, como el ocelote, el jaguar o el capibara, el roedor más grande del mundo que puede llegar hasta los 70 kilos dejando una huella del tamaño de la mano de un adulto.

Experiencias que suponen una manera diferente de aportar un granito de arena para la conservación del pulmón de la tierra, de su biodiversidad y de sus gentes, gentes que esperan cada día pequeños milagros como este que les permita seguir disfrutando del único mundo que conocen y al que deben, debemos, el aire que respiramos.

El trabajo no ha hecho más que comenzar, explorar el terreno como lo hacían los antiguos, formar de manera técnico-científica a los guías locales, aportarles materiales para facilitar su trabajo, como cámaras trampa para ayuda a la localización de fauna y material de pintura para la artesanía de las mujeres.

Fernando Gómez y Paloma Troya, como miembros de la Sociedad Geográfica Española (SGE), pretenden seguir con la exploración de lugares remotos, pero siempre utilizando el rastreo como herramienta principal para comprender tanto los ecosistemas como la relación de los seres humanos con su medio. Un objetivo ambicioso que ya ha dejado su huella en Ecuador y que tiene como próximo objetivo Tanzania, donde pretenden realizar su próxima expedición en diciembre con el apoyo de la agencia Rift Valley Expeditions especializada en viajes africanos. En esta ocasión los acompañará su hija de 10 años, Elvia. Allí la familia al completo convivirá con los Hazda, tribu nómada de cazadores recolectores, aprendiendo así sobre su forma de vida y sobre las técnicas primitivas de rastreo buscando precisamente los orígenes de este arte, conocimientos que pretenden rescatar del riesgo de extinción plasmándolos a su regreso en un cuento para los más jóvenes con “Elvia la rastreadora” como protagonista real.

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